Matías Vallés
Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le permitió escribir de asuntos más frívolos. Ha entrevistado a Catherine Zeta-Jones, Claudia Schiffer, Margaret Thatcher, Farah Diba y María Jiménez. Su firma ha aparecido en todos los periódicos de España, no siempre en las páginas de los delincuentes más buscados. Recibió el premio Ciudad de Palma de manos de Joan Fageda, porque ningún otro partido se atrevería a galardonarle. Felizmente casado con su primer microondas, fue madridista hasta que Florentino vendió a Etoo al Barça.
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Al azar
Publicado: 15/11/2011
El aficionado al cine de terror abandona decepcionado la sala donde se proyecta Melancholia, la última puerilidad de Lars von Trier, porque hasta la credulidad que exige el género tiene un límite. Por ejemplo, nadie se horrorizaría ante un actor que recitara desde la pantalla "17.5 por ciento" –aaaargghh– o "456 millones" –oooohhhh–, como los espectadores que se reían de los chistes que habían numerado para abreviar. Pues bien, el auténtico milagro económico consiste en que nos asustemos a diario de cifras que no entendemos. Unos años atrás, la prima de riesgo nos atemorizaba por diferentes motivos.
Conocemos el PIB de España –o el de Europa, según el número de telediarios que hayamos ingerido– con más exactitud que el saldo de nuestra cuenta corriente. Hemos memorizado la cantidad que debe abonar hoy Grecia a los bancos, pese a que ignoramos la cantidad que llevamos en la cartera, más allá de que debería bastarnos para pagar esta hamburguesa. Y además de la fidelidad numérica, somos conscientes de que debemos aterrorizarnos en cuanto se pronuncia una cifra ininteligible. Si es alta, porque la economía se recalienta. Si es baja, porque se recongela.
La economía siempre da miedo, es la única ciencia en que las magnitudes pueden reducirse más de un cien por cien. El diferencial con el bono alemán, sea lo que sea, se dispara hasta el equivalente de que afirmáramos que un paciente arrastra una fiebre de 70 grados centígrados, y subiendo. El cine y la economía de terror manejan magnitudes que sólo son aceptables en el reino de los muertos vivientes. De hecho, se denomina bancos zombies a las entidades que siguen funcionando una vez fallecidas, y cuyo nombre suele coincidir con el lugar aciago donde depositamos nuestros ahorros. Sus directivos siguen cobrando sueldos espectaculares en euros vivitos y coleando, porque en el reino de la ficción nunca nos cercioramos de quién lo dice. Tampoco nos extrañamos de que la chica salga sola a la oscuridad en cada película de terror.














